El peso de los genes

Este es quizás uno de los temas más interesantes y discutidos que existen en las ciencias de la conducta. ¿Cuántas veces hemos oído eso de “el criminal nace o se hace”? ¿Cuántas veces hemos escuchado que alguna persona ha nacido con un talento natural? ¿Entonces estamos predestinados por nuestros genes, por nuestra composición biológica?

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¿Cómo nos afecta esto en nuestra vida diaria?

¿En la comprensión de los demás?

En nuestro paso por el mundo…

Nos interesa ver, analizar, como nos vemos afectados por nuestra herencia en nuestra vida diaria; qué somos y qué podemos cambiar. Para poder afrontar esto hay que tener en cuenta un par de aspectos primero.

 

Selección Natural

Nos remitimos a la selección natural, a la teoría de la evolución de Darwin. ¿Por qué? Porque entendemos la conducta como algo conformado de nuestro organismo, algo que forma parte de nosotros como puede ser la longitud de nuestros brazos o el color de nuestros ojos. Según la selección natural, en una especie se desarrolla la máxima variabilidad posible, luego los individuos que mejor se adaptan al entorno son aquellos que más tiempo sobreviven y/o más se reproducen: los que perpetúan sus genes.

¿Por qué apareció la jirafa?

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La jirafa es un excelente ejemplo del enfoque, comunmente erróneo, que se le da a la selección natural. Muchas personas creen que la jirafa empezó a extender el tamaño de su cuello para poder llegar al alimento que se encontraba en lo alto de los árboles. Esto es falso, es una visión lamarckista de la evolución, donde los organismos se desarrollan dependiendo del ambiente. En lugar de eso, los organismos nacen con una amplia variabilidad. En el caso de la jirafa lo que sucede es que algunos miembros de una especie nacieron con el rasgo característico: altura, cuello largo… y esto les permitió llegar a la comida de su hábitat con más facilidad, lo que hizo que corrieran menos riesgos para alimentarse (menos caza por parte de los depredadores) y debido a la extensión de su esperanza de vida, mayor reproducción.

Por lo tanto: primero es la mutación y después la adaptación, no viceversa.

 

Entonces…

¿Los genes definen nuestra conducta a lo largo de nuestra vida?

Es evidente que todos nacemos con ciertos rasgos de nuestros padres, abuelos, tíos… es lógico pensar que si tenemos aspectos físicos de ellos también poseemos aspectos conductuales. Esto nos llevaría a una posición innatista de la conducta, por lo que la educación y el ambiente desaparecerían de la ecuación. Y todos sabemos que no es así.

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Una curiosidad es que el ser humano, debido a su postura erguida, tiene en las hembras de la especie un condicionante para el parto: la limitada anchura de las caderas. Este es uno de los principales motivos por los que cuando nacemos no estamos formados del todo. Al parecer nos falta “un año de horno”. Esto provoca que, especialmente en el cerebro haya una gran plasticidad y adaptación al entorno, ya que al no estar formado se va “construyendo” dependiendo de los estímulos del ambiente (climatología, familia, relaciones sociales fuera del núcleo duro…). Evidentemente, la formación del cerebro no es un tema que finalice en el primer año de vida, sin embargo sí que se considera esta primera fase como un período sensible que, en menor medida, acaba extendiéndose hasta, aproximadamente, los 18 años.

Es por ello que somos enormemente maleables; incluso para el conductismo el ser humano era una tabla en blanco a la que, mediante condicionamiento, podían convertir en cualquier cosa que se quisiera. Este sería el otro extremo.

 

¿En qué punto nos encontramos?

Hay que tener en cuenta que nos encontramos en un punto intermedio entre la educación o la construcción de nuestra conducta a raíz del ambiente y la predisposición de nuestros genes. Y remarco esta palabra, predisposición, porque esto es lo que hacen nuestros genes: nos predisponen hacia un tipo u otro de conducta pero nunca definen qué vamos a ser. Solo facilitan que escojamos un camino u otro.

Es por tanto que aquellos portentos que podemos encontrar en diferentes áreas se componen de una predisposición biológica y de un ambiente que ha favorecido el crecimiento en dicha área.

 

Conclusión

Dicho esto deberíamos haber empezado a llegar a una conclusión sobre nosotros mismos, sobre lo “únicos” que somos, sobre las dotes que tenemos, sobre la “responsabilidad” de nuestros actos y cómo podemos cambiar o moldear nuestra conducta. La posición social de resignación al “soy así”, o dicha persona es “asá”, no hace más que menospreciar el punto que más peso parece tener en nuestra conducta, el ambiente, que es el que finalmente determina la persona en que nos convertimos. Hay que pensar que incluso en enfermedades tan influenciadas por la biología como la esquizofrenia, se considera que existe, aproximadamente, un 50% hereditario, y el resto lo componen los detonantes ambientales (estrés, depresores…).

¿Es el hijo de un maltratador un heredero de la conducta de su progenitor?

Este caso nos llama siempre la atención ¿Por qué una persona maltratada de niño tiene más probabilidades que otro (no maltratado) de convertirse en maltratador?

¿Son los genes? Los estudios y las teorías parecen decir que no es así, que no es un tema “principalmente” genético sino más bien educacional. Durante el período sensible, los primeros años de nuestra vida, aprendemos a gestionar esas emociones que surgen de nosotros a raíz de cómo lo hacen nuestros progenitores que, a fin de cuentas, son nuestro ejemplo a seguir: ellos han crecido y sobrevivido lo suficiente como para reproducirse, y esa es nuestra meta. Es por tanto que si a un niño cuando llora se le grita o le pega para que se calle, aprende que esas emociones, el llanto, la ira o la tristeza, deben gestionarse con una represión. En un principio aprenderá a reprimirse a sí mismo, pero posteriormente lo extrapolará a otros, reprimiendo las emociones en otros. Incluso la forma en la que una madre acude a atender a su neonato cuando este llora por la noche a las 4 a.m., a darle el pecho, a atender sus peticiones, condiciona como dicho infante gestionará esas emociones en el futuro. No es un aprendizaje que se haga con palabras, es un aprendizaje implícito, que es la única herramienta que tiene el infante en sus primeros compases en este mundo.

Deberíamos también considerar otra evidencia: ¿eso que creemos es realmente una idea propia? ¿Hemos hecho “nuestras” las ideas de otros sin planteárnoslas? Siguiendo la estela de otros artículos como el anterior sobre el egocentrismo y la empatía, parece que el paso para salir de nuestro cascaron es evitar esta defensa del ego y ser consciente de que muchas ideas han venido impuestas, o las hemos copiado sin habernos planteado realmente un trasfondo objetivo. Muchas ideas no son más que creencias que confundimos con hechos y sobre las que carecemos de evidencias, de las que no queremos liberarnos por miedo a perder nuestra seguridad personal o nuestra sensación de control sobre el mundo que nos rodea.

 

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